domingo, 14 de febrero de 2016

SESIÓN 3

El traer a mi mente situaciones de pecado, en los que he incurrido a lo largo de mi vida, me ha deja la experiencia de concientizar con mayor fuerza el temor a Dios. A la luz del Espíritu Santo he sentido un miedo de pavor, provocando en mi cuerpo un dolor en el pecho, me he creído indigno de mirar de frente a Dios, y he sentido un gran arrepentimiento. Me veo derrumbado de rodillas ante Él pidiendo perdón, y repitiendo las palabras del hijo prodigo “he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo”. Me invadió un llanto profundo, como el que he experimentado ante la pérdida de algún ser querido; el dolor en mi pecho se acentúa, y percibo como se me va la respiración…, en el momento de recuperar el aire veo la luz de Dios, comienzo a experimentar su amor y su perdón, que me envuelven como si Él me abrazara.
Después de esta experiencia me queda a flor de piel el verme lejos del amor de Dios y hay un impulso dentro de mí de no soltarme de su mano, lo tomo con todas mis fuerzas y nuevamente me consagro al Santísimo Corazón de Jesús.

Toda esta experiencia me lleva a acciones concretas, como el revisar mi entorno espiritual y animarme a vivir con forme a los frutos que me proporciona el Espíritu Santo (Gal 5, 22); también medito y me propongo en el día a día vivir las bienaventuranzas, todo esto buscando como ser agradable a los ojos de Dios Padre.

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