El traer a mi mente
situaciones de pecado, en los que he incurrido a lo largo de mi vida, me ha
deja la experiencia de concientizar con mayor fuerza el temor a Dios. A la luz
del Espíritu Santo he sentido un miedo de pavor, provocando en mi cuerpo un dolor
en el pecho, me he creído indigno de mirar de frente a Dios, y he sentido un
gran arrepentimiento. Me veo derrumbado de rodillas ante Él pidiendo perdón, y
repitiendo las palabras del hijo prodigo “he pecado contra el cielo y contra ti;
ya no merezco ser llamado hijo tuyo”. Me invadió un llanto profundo, como el
que he experimentado ante la pérdida de algún ser querido; el dolor en mi pecho
se acentúa, y percibo como se me va la respiración…, en el momento de recuperar
el aire veo la luz de Dios, comienzo a experimentar su amor y su perdón, que me
envuelven como si Él me abrazara.
Después de esta
experiencia me queda a flor de piel el verme lejos del amor de Dios y hay un
impulso dentro de mí de no soltarme de su mano, lo tomo con todas mis fuerzas y
nuevamente me consagro al Santísimo Corazón de Jesús.
Toda esta experiencia me
lleva a acciones concretas, como el revisar mi entorno espiritual y animarme a
vivir con forme a los frutos que me proporciona el Espíritu Santo (Gal 5, 22); también
medito y me propongo en el día a día vivir las bienaventuranzas, todo esto buscando
como ser agradable a los ojos de Dios Padre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario