domingo, 1 de mayo de 2016

Sesión 11

Es ya una constante en mi día a día tener a Dios en el centro de mi vida, por lo que busco agradarle siguiendo sus designios. Sé que Jesús es la puerta y el camino para llegar al Padre, por lo que me confío a Él. Mi lucha diaria es seguir a Cristo, imitándolo lo más que puedo, y como Él me enseña en sus evangelios. Pido constantemente la ayuda del Espíritu Santo para poder llevar a cabo este trabajo diario. De forma práctica, puedo comentar, que casi a diario comulgo; en diferentes horas del día invoco al Espíritu Santo, estoy alerta de practicar lo que reflexiono con el evangelio del día, o algún concepto de las bienaventuranzas, o fomentar en mi alguna de las virtudes teológicas o morales, y pongo en práctica alguna acción para amar a mi prójimo (principalmente a mi familia) como Jesús me enseña. Busco que mi ambiente espiritual sea el propicio para estar sensible al Espíritu Santo y dejar que actué en mí a través de sus dones.
Esto es para mí, tomar mi cruz del día, y seguir a Cristo, porque en el intento de hacerlo, me encuentro con un innumerable de obstáculos, con desilusiones, desamores, enojos, tristezas, miedos y mil fallas y faltas de mi parte; pero también encuentro alegrías y recompensas que me da este mudo, pero la mayor recompensa es la sentirme cerca de Dios, darme cuenta que es mi salvador y experimentar la alegría de vivir en Él.

Pienso que soy testimonio de Jesús, porque por su voluntad, tengo la fortuna de servir junto con mi esposa, en un movimiento católico llamado Encuentro Matrimonial Mundial. Es Jesús el que nos escogió para que a través de este carisma (fe a través de nuestra relación) podamos dar testimonio de Él.



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